martes, 17 de mayo de 2011

Las guirnaldas del pasado



Todavía lo veo y no lo creo. Después de 20 años de no estar aquí, no puedo creer que el club Monte Chingolo esté cerrado.  Miro las cuatro paredes de esta sede y agarrado de la mano de mi señora recuerdo…

Mis piernas siempre fueron hábiles, para pegar una buena patada seguro; este club me traía loco y no solo a mi que vestía los colores de Fomento Chingolo, sino también a mi viejo, que los Viernes venía a jugar unos trucos por un par de monedas. Cantaba “quiero vale 4” con la guapeza de saber que para la última mano le quedaba un 4 de basto.
Los sábados, día de partido, los padres enloquecían con sus hijos, los colores del club, y toda esa euforia que llevaba consigo el goce que genera el fútbol. La empatia se generaba siempre con los mismos clubes: Dep. Gerli y también club Italiano. En esos partidos no solo los padres venían,  toda la gente del barrio lo hacía. Aun recuerdo que en esos partidos el buffet hacía más del doble de recaudación; pero lo que más recuerdo son los insultos entre hinchadas, las tarjetas sacadas por los referís para calmar los ánimos, y la pasión que sentíamos con los chicos a la hora de jugar ese tipo de partidos; después de todo, la noche anterior a tal acontecimiento era imposible pegar un ojo. A tal punto que el corazón parecía escapar de nuestro cuerpo a la hora de salir a la cancha. 
Los carnavales son la expectativa del pueblo. En las quermeses de los sábados, se juntaba dinero para los corsos; qué se puede decir de la quermés, truco entre viejos, vino con soda, tango de fondo y los pibes como yo admirando a nuestros padres, que no se preguntaban si estaban perdiendo el tiempo, sino que se preguntaban si cantar falta envido con 29.
Los asaltos de los viernes, para nosotros los pibes, era una mezcla de angustia y emoción porque más allá de la timidez estaban las chicas que nos gustaban y romper el hielo parecía imposible. Sin embargo, siempre me la rebusqué, de tal manera que un día bailé con la gorda Emilse: los muchachos mas grandes decían que era muy gauchita, aunque solo después de muchos años entendí porque ese adjetivo; yo me fijaba en Rosa Laura. Pero después voy a hablar de ella, ahora quiero hablar del club.
Otra de las cosas que me volvía loco, eran las reuniones (creo que se llamaban asambleas barriales), que también se hacían en el club, al parecer todo lo que juntaba mas de cuatro personas se hacía en el club. En las asambleas se debatía cuánto dinero se había juntado para los corsos, qué mujeres hacían los trajes, quién hacía las carrozas, el encargado de  manejar el buffet y cuánta espuma se iba a comprar. El carnaval traía consigo todo el espíritu festivo, unía al pueblo de una manera casi bruta. Gente de los pueblos aledaños venía para que nosotros compartamos nuestra alegría con ellos… estas reuniones eran lo mejor, las previas al carnaval. Don Aníbal, carnicero por oficio, era un discutidor nato. Enrique el canillita era aun mas discutidor: Se daba aires de gran lector; entonces siempre surgía la polémica; a los gritos como siempre, nacía la euforia de algunos como mi padre, que era un poco más tranquilo. Aun así sacaba a relucir el legado de mi abuelo exiliado Italiano, por ser comunista, y todos se enfatizaban con este o con aquel, no obstante lo cual siempre se terminaba la discusión cuando el estudiante de derecho Joaquín Moreira de las Rosas pedante de tiempo completa, levantaba las voz como ninguno y decía viva ¡Perón carajo! Se volvía entonces al tema central, que era el corso.
El corso era lo más lindo, ya cuando íbamos a la escuela por el mes de noviembre,  como todo el mundo empezábamos a recaudar fondos para el mismo, y nosotros los varones pensábamos en las chicas. En mi caso no conseguía apartar de mi mente a Rosa Laura, la hija del ferretero. A Miguel le encantaba Flora, la hija del comisario juan un guarda bosques de jornada completa y ambos esperábamos las noches de carnavales para poder tratar de arrimar el bochín.
Se acostumbraba para las noches del corso pasar casa por casa para que la gente nos de bebidas alcohólicas: A cambio de un vino cantábamos “ una serenata, con compas de alcohimo precoz” Todo esto se debía al término de la escuela y nosotros lo aprovechábamos con la expectativa de estar borracho para decirle a las pibas cosas bonitas.
El último corso del año fue el 12 de marzo, un calor horrible me hacía transpirar la gota gorda, mi camisa de seda blanca tenía una aureola de chivo horrible, la sed no la calmaba ni con toda la cerveza del mundo, y encima el traicionero de juan me había tirado espuma en la boca. Una sensación asquerosa poblaba mi paladar.
Caminando entre calor y espuma, de repente me encontré sin visión: algún boludo me había tirado espuma en los ojos y torpe por la ceguera me choqué cabeza con cabeza con Rosa Laura, como una casualidad del destino ella también se encontraba casi ciega. A partir de ese momento me sentí seguro, sin miedos, sin dudar que decir, Desde hacía meses soñaba con ese momento: Contrariamente a  mis sueños, en los cuales tartamudeaba y la miraba sin desfachatez; estaba realmente seguro de lo que podría llegar a pasar.
Con mi camisa favorita le limpié su rostro de ángel caido, ella me miro a los ojos fijo, tan fijo que en lo negro de sus pupilas podía verme en 10 años tomado de la mano con ella. Tomó mi mano con fuerza y sin que yo se lo proponga como si las palabras no hicieran falta nos besamos; entre ruido de comparsas, espuma y ceguera. Desde entonces todo fue amor y el corso, el club fueron testigos de aquel primer beso en aquel 12 de marzo de luna llena.


Abro mis ojos y vuelvo, veo un manchón de humedad en el vértice izquierdo de la pared, miro a Rosa Laura, me mira con la misma mirada de hace veinte, años y ambos pronunciamos un leve ¿¡qué paso!?.  El club ya no era un club la sede fomento ya no era sede, no había la misma cantidad de mesas. De hecho no había ni una mesa en las cuales mi viejo jugaba al truco.
-¿Tanto tiempo estuvimos lejos?- dije a Rosa Laura.
-¡Así parece!- repuso ella, mirando para todos lados con incertidumbre.
No pude evitar recordar mi infancia, como así tampoco recordar a mi viejo y sus ideales, los vecinos y mi Rosa Laura la niña de la cual me enamoré en la escuela 24, de los partidos en Monte Chingolo;  la quermés, y ese carnaval aquellas guirnaldas y las carrozas…
Tomo la mano de Rosa Laura y salimos de la sede con la sensación del olvido a paso silencioso, con  la pena del tiempo reposando sobre nuestros hombros, mirando lo que no era, lo que sí fue.  Una guirnalda añeja cayó entre nosotros…   






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